2010

jueves, 19 de julio de 2007

Reflejos en el pavimento

El viento de esta noche inunda mis pulmones de esperanza. La estrella más alta me me observa y se oculta detrás del movimiento de las hojas, en el suelo advierto una presencia extraña, mi sombra, la de la indiferencia, pues ya no será más como yo, la he desprendido de mi cuerpo porque seré otra desde ahora. Me miraba con desprecio cuando la dejé meciéndose sola en el columpio y sus ojos negros se alargaban hacia mí en un vago intento de retenerme. Me siguió a casa, tropezando con las piedras de mi abandono y arrastrándose sobre el pavimento como una mancha de agua. Me deshice de ella en la parte más alta del balanceo de columpio, sin explicar el cómo, salió disparada con el movimiento de mis cabellos, o por mi nariz cuando exhalaba, tal vez se desprendió de mí como el alma en un sueño, o salió atraves de mi voz, pasando desapercibida por mi garganta. Quizá la arrojé de mí al estornudar o al reír, no sé, pudiera ser que al pronunciar una palabra exacta. La cuestión aquí es que nunca volverá, ni podrá jamás actuar como si fuera yo mientras me desplaza. No podrá mirar a través de mis ojos ni volar con mis alas, y lo sabe, su contorno es el mío y me sigue cuando camino pero es una sombra, una sombra retorciéndose en el piso. Puede imitar mis movimientos, fingir ser yo, cambiar de longitud, acompañarme mientras escribo, pero estará sometida a mis caprichos, toda voluntad en ella ha desaparecido. Ya no vendrá a entistecerme por las noches ni a encolerizarme por las mañanas camuflajeándose entre la luz del sol, por fin he eliminado a la parte de mí que me controlaba. Se amolda a las grietas de las paredes, a las huellas en las escaleras y a todo lo que yo decido, cuánto me pesaba en el cuerpo y ahora siento que la necesito. Porque somos una misma persona, lo recuerda, pero ella era el manubrio y yo los pedales de la bicicleta, y al tratar de mantener el equilibrio caímos cientos de veces por múltiples desacuerdos, tanto por la velocidad que yo le daba como por el destino que ella decidía. Y me mira nuevamente, pero la expresión en sus ojos ahora se resigna, y se desvanece por completo al desaparecer la luz porque no hay espacio mas qué ofrecerle en mi habitación.

jueves, 12 de julio de 2007

No siempre es bueno un regaderazo a las dos de la madrugada

El agua resbalaba por mi frente y mis manos enjuagaban mis cabellos, al abrir los ojos mientras me duchaba descubrí la anónima presencia que me observaba. En una esquina del azulejo enmohecido, un poco maltratada por el peso de la gravedad, se aferraba una débil telaraña de plata. Podría haberla destruido y mandar al diablo todos los esfuerzos de quien la construyó con arrojarle simplemente un poco de agua, pero, ¿qué derecho tenía yo de hacerlo?, además, qué me importaba.
El agua continuó cayendo cuando en la esquina opuesta a la que miraba, encontré un pequeño insecto descendiendo sobre un hilo invisible desde el azulejo, una araña. La ignoré pero me dejó la impresión de que podía leer lo que pensaba, y entonces, contrario a todas mis suposiciones de que los gatos eran los únicos animales que podían hablar (de eso hablaré luego), escuché una vocecilla que bien podría ser la de mis propios pensamientos que me dijo, asombrada: "Pudiste haberme matado, pero no lo hiciste, pudiste haber aplastado mi casa de un manotazo", "No le tengo miedo a las arañas", "¿Miedo?, así que por miedo mi madre fue asesinada, pensé que era simple odio o repugnancia" "Bueno, yo odio a las cucarachas y nunca las mato porque me dan asco".
La araña permaneció en silencio, colgando boca abajo y mirando hacia el techo, y al cabo de unos minutos continuó: "Y si tuviera yo pelo, si fuera más grande como algunas de mi especie, entonces ¿me tendrías miedo?". La miré por última vez y en un rápido movimiento de maño quedó adherida a la pared del baño. Yo tampoco lo deseaba, pero era una araña, hablándome y hablaba demasiado.

miércoles, 11 de julio de 2007

Perspectivas

Revueltas en el escritorio duermen un montón de cosas viejas e inservibles, de esas de las que uno jamás les encuentra un uso y, sin embargo, están ahí pues por algún extraño motivo nadie se ha desecho de ellas. Plumas de tinta seca, hojas garabateadas y unas tijeras oxidadas, una servilleta. Es todo el universo al que mis pulmones aspiran, el que mis ojos abarcan. Periódicos de hace más de dos semanas esperando su momento de ser colocados para obstruir la hendidura de la puerta, una barra de silicón y un pincel, objetos raros, parte de la lámpara del baño y un estuche de lentes vacío, un sobre con bicarbonato. Que, mientras me olvido de lo que hay del otro lado se van acercando, una pulsera nueva, un separador y una muestra de shampoo, también me vigila una moneda de diez centavos. "Divina Comedia" esperando su turno en ser, por mis ojos, rescatado de su soledad de papel, un cargador de pilas y un intento frustrado de boceto dibujado en una hoja desde ayer. Una envoltura de lo que hace unos minutos engulló mi estómago, una taza medio vacía y el teléfono sin nada que decir junto al tan solicitado diccionario. Esto, que me rodea, que me acompaña todos los días mientras me pierdo en la sopa de letras de algún libro, en las telarañas de las esquinas del techo o en las grietas extendiendo su recorrido sobre las paredes. Todo me encierra, me asfixia, pero se vuelve como una ausencia de aire necesaria, pues me libera de mí misma.
"Animadversión", "jurisprudencia", "truhán", "dogmático", "laudable", "abyecto", son sólo algunas de las palabras a las cuales mi cerebro intenta desesperadamente aferrarse a su significado.
La pintura en los muros deja al descubierto un tono pasteloso aguardando tras el blanco, manchas de humedad y de desilusión, flores marchitas de plástico. Sombras de colores, nostalgia reflejada en el fondo del vaso, ojos cansados, y años desprendiéndose desde los ángulos de 90º.
Es sólo mío, sólo mío este espacio, y lo pienso y lo digo mientras resbalan de mis oídos las canciones y se estrellan contra el mosaico.