Hoy viniste a visitarnos. Con tus ojos irreconocibles y tu rostro pálido. Tu piel surcada de recuerdos como extrañas veredas que no alcanzo a entender, tus alforzadas manos.
Te miré y te acercaste a saludarme, en tus ojos pareciera que te olvidas poco a poco de quien besa tu mejilla, como si no reconocieras en mí a la parte de ti que me forma; no sabes cuánto deseé que te quedaras para siempre esta vez, que no tuvieras que dar media vuelta para seguir caminando.
Quisiera irme contigo, para abrazarte todas las veces que por vergüenza no lo he hecho, para dormir a tu lado mientras escucho tu voz proveniente de épocas desconocidas. No mereces lo que te está pasando, no mereces el sufrimiento ni la culpa que insistes en llevar a cuestas, ni los remordimientos que te acechan.
Te quiero mucho como para dejarte autodestruir así, sí, te quiero aunque siempre en mi garganta se atoren estas dos palabras cada vez que siento deseos de decírtelas.
Llévame contigo. Sé que te sientes sola y no necesitada, !yo te necesito!
Y sé que por ocuparme de cosas sin importancia te desperdicio, quisiera ser niña de nuevo para que tú volvieras a abrazarme contra tu pecho y sentarnos sobre la mecedora sobre la cual me contabas esas historias que por la noche me quitaban el miedo, ángel de alas deslustradas y aureola marchita.
Necesito dejar de parecer fantasma con mi silencio, decirte todo lo que siento, pero eso sólo significaría aceptar la inminente llegada de un destino que no quiero.
Quisiera que tus blancas alas me envolvieran de nuevo y me arrullaran mientras me cuentas las historias de cuando eras niña y acaricias mi cabello.
¿Por qué en lugar de estar aquí sentada escribiendo, no hago nada para alcanzarte y que de tu voz y tu presencia no sólo quede el eco?
Abue, quisiera que tus cabellos siguieran siendo dorados y que tus alas no tuvieran que caer de tu espalda por el peso de la gravedad. Sé que haces lo que puedes para recuperarte, que ella no debió dejarte, que no puedo hacer nada para que dejes de pensar en ella.
Ángel, no soporto verte llorar, ver tus lágrimas cual agua bendita descendiendo de tus ojos, cuánto quisiera arrancar la tristeza de tu rostro, regalarte mis fuerzas, restarte los años que me quedan, volver a ser yo la niña la cual necesitaba que tú la cuidaras, secar tu soledad, los días aferrados como cadenas a tu espalda.







